Hacer lo que Uno Quiere – A.R. Orage

publicado en: A.R. Orage, Cuarto Camino | 0

A.R. Orage 1No hay nada más importante que hacer lo que queremos, siempre que sepamos primero qué es lo que queremos y, en segundo lugar, poder realmente hacerlo. Pero ahí empiezan las dificultades: nosotros no sabemos lo que queremos, y, cuando lo descubrimos, también nos damos cuenta de que a menudo no podemos de hecho hacerlo, y no porque la gente o las circunstancias nos lo impidan, sino por la falta de suficiente voluntad, o poder, o conocimiento.

Esto no es extraño, considerando qué es lo que somos y cómo hemos llegado a serlo. Diríamos que hay dos personas en cada uno de nosotros: una derivada de la herencia de nuestros padres y otra compuesta por todas las influencias que hemos recibido de la sociedad en la que hemos nacido. A causa de la herencia podemos llegar a ser una clase de persona, y por instrucción y educación podemos llegar a ser otra totalmente distinta.

Considera un ejemplo particular, propio o ajeno. Tus padres pertenecen a un ancestro que ha vivido por cientos de años en el campo; pero, debido a circunstancias accidentales sobre las cuales no has tenido control, has sido atraído por la vida en la ciudad y entrenado para una ocupación en ella. Toda tu herencia clama por una vida de actividad física vigorosa con todos los deseos y necesidades correspondientes, pero todo tu entrenamiento te dispone a ocupaciones sedentarias y a las necesidades y deseos que las acompañan. El problema es encontrarte a ti mismo entre estos dos lados del conflicto. ¿Cuál eres tú realmente, el de la herencia o el del medio ambiente? ¿Cuáles son tus agrados y tus desagrados? ¿Y cuál de tus dos mitades hará lo que tú quieres?

No podemos decir cuál lado es el más fuerte, puesto que cada caso varía. En algunas instancias el medio ambiente hace menos efecto que la herencia o, como decimos, la sangre habla. Algunas veces sucede que un hombre o una mujer abandona repentinamente la carrera impuesta por la educación y vuelve a sus inclinaciones hereditarias. En otros casos, la fuerza del ambiente es más poderosa que la herencia; y el moldeado de la sociedad permanece inquebrantable. Miles de personas mueren como hombres de negocios o mujeres de sociedad, solamente gracias a que su educación ha sido mucho más fuerte que la herencia. La sociología, puede decirse, ha superado a la biología. La sociedad ha frustrado lo que la naturaleza ha intentado.

¿Es siempre, sin embargo, algo que debamos lamentar? Imagina que un hombre por herencia tuviera predisposición criminal, en cuyo caso puede decirse que la victoria de la sociedad es sin duda lo mejor. De hecho, sólo cuando las tendencias hereditarias son más valiosas que aquellas que son producto del entrenamiento, es que hay una pérdida real.

Pero ¿cómo descubriremos cuáles son nuestras tendencias hereditarias? Ciertamente que al ser anteriores a nuestro entrenamiento social sobre impuesto, deberían ser más naturales, es decir, más cercanas a nosotros mismos. Pero cuando empezamos a pensar conscientemente acerca de ello, la voz de la herencia es ya confusa entre el barullo de voces del ambiente. Nuestras tendencias hereditarias pueden ser malas o buenas, pero si nunca hemos tenido la oportunidad de distinguirlas, no conocemos cómo son. Y en este caso no tenemos libertad para elegir, favorecerlas o restringirlas. La lucha entre nuestra biología y nuestro comportamiento social continúa inconscientemente. No somos amos en nuestra propia casa, pero sí sirvientes y víctimas.

Como un primer paso hacia la discriminación entre nuestros gustos y tendencias nativas y las adquiridas, lo mejor es comenzar con cosas pequeñas. Generalmente, cuando la gente empieza por primera vez a percibir en ellos esta doble tensión, se inclina por eliminar la evidencia. Al darse cuenta repentina de la esclavitud de su naturaleza al medio ambiente, estalla en una rebelión desenfrenada. El que toda la literatura moderna empezara con «La Casa de Muñecas» de Ibsen. es sólo la manifestación de las reacciones consecuentes al descubrimiento de que en cada uno de nosotros hay dos personas: una propia de la naturaleza y la herencia, y otra producto de la educación y la sociedad. Y toda la subsiguiente «revuelta» no es más que el intento de contrarrestar o mitigar o controlar los efectos de la sociedad sobre lo que la herencia nos ha dado. Los intentos generalmente fallan porque son demasiado ambiciosos. No es posible estar repentinamente seguro de que tu herencia es distinta de tus deseos adquiridos, y, aun teniendo el conocimiento, la fuerza de voluntad para descartar los unos en favor de la otra no siempre está disponible.

Todo sugiere, en efecto, que empecemos modestamente y con cosas pequeñas. Si aprendemos a distinguir entre ambas voces en relación con pequeñas cosas, y en alguna circunstancia donde nada serio esté involucrado, seremos pronto capaces de discriminar en asuntos más importantes. Además el desarrollar poder en pequeñas cosas nos permite adquirir poder para tratar eficazmente las grandes cosas. Nuestra gran «rebelión», si tuviéramos que realizarla, ya no será caótica y destructiva, sino una revolución constitucional.

Cada día y cada momento del día nos provee de gran cantidad de material para ejercitarnos. Para empezar, deseamos descubrir lo que realmente nos gusta, no lo que nuestra flojera nos impulsa a pretender que nos gusta, tampoco lo que la conveniencia nos hace decir que nos gusta, sino las acciones, las cosas, las personas, las ocupaciones, las circunstancias, que no solamente fantaseamos que nos gustan o nos gustarían, sino que en realidad nos gustan.

Que actuemos o no según los gustos y disgustos que descubrimos en nosotros es asunto aparte, Puede ser que nuestra razón esté de acuerdo con que lo hagamos, si podemos. Pero puede ser igualmente razonable que no lo hagamos, o no inmediatamente, o con nuestra capacidad actual. Lo primero es lo primero. Y lo primero es descubrir lo que son nuestros gustos y tendencias nativas y hereditarias.

Despiertas en la mañana y te propones levantarte. Pregúntate si realmente deseas hacerlo, y sé honesto al respecto. Tomas un baño: ¿es realmente porque quieres, o te escabullirías si pudieras? Tomas desayuno: ¿es el desayuno que prefieres, o simplemente aquel determinado por la sociedad? ¿Deseas, de hecho, comértelo? Vas a tu oficina o, siendo mujer, vas a hacer las tareas domésticas o sociales del día: ¿era eso lo que querías hacer? ¿Podrías, por tu propia libre elección, estar donde quieres estar y hacer lo que haces? Asumiendo que, por ahora, aceptas la situación general, ¿estás específicamente haciendo lo que quieres? ¿Hablas como te place a ti , o como le place a los otros? ¿Ellos te gustan realmente o sólo pretendes que te gustan? Recuerda que no se trata de actuar por gustos o disgustos, sino sólo descubrir cuáles son realmente. Durante el día, cada momento te ofrece una nueva oportunidad de autocuestionamiento: ¿Realmente quiero hacer esto, o no? En el ocio vespertino, ¿qué te gustaría hacer realmente? ¿Qué te entretiene de verdad: el teatro, el cine, conversar, leer, la música, los juegos, y exactamente cuáles? No se puede repetir demasiado que hacer lo que a uno le gusta vendrá más adelante. De hecho, ocurrirá por sí mismo. Lo más importante es saber qué quieres.

El método aquí sugerido puede parecer trivial a aquellos acostumbrados a la extravagancia de la «Literatura revolucionaria»; pero intentamos decir que una semana de esta práctica convencerá a cada cual de su mágica eficacia.

A.R. Orage

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