LA CONCIENCIA ¿UNA CUALIDAD O UNA FUNCIÓN DE LA ESENCIA? – ALFREDO DE SANJUAN

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Haciendo un recuento de las experiencias y conocimiento adquiridos al pasar de los años en el maravilloso camino que conduce al desarrollo de la conciencia, recuerdo haber estado en una conferencia en la que una persona del Trabajo, comentó muy convencido de lo que decía que la conciencia debería ser considerada como una función de la esencia.

De momento no realicé ningún comentario y la conferencia prosiguió. Sin embargo, esa idea permaneció en mi dando muchas vueltas, puesto que de momento no podía concebir la idea de que la conciencia fuera una función de la esencia, por lo que al terminar la conferencia, acudí con el Maestro, cuestionándole dicha circunstancia y el hecho de que no haya realizado algún comentario en torno a la afirmación realizada por el compañero. Me dijo que no había dicho nada, porque en principio él estaba de acuerdo con esa idea, si tomábamos en consideración la forma en la que se manifestaba la conciencia en el ser humano.

No obstante, la respuesta del Maestro no me satisfizo en lo absoluto, razón por la que le manifesté tal situación y le propuse que meditaría lógica y objetivamente esa circunstancia y que si derivado de dichos razonamientos arribaba a una conclusión distinta, la haría del conocimiento, obviamente con su autorización, al grupo en la próxima reunión, a lo que el Maestro accedió amablemente.

Fue así que me embarqué en la siguiente serie de razonamientos, que para mi fortuna, escribí y que salvo algunas modificaciones de estilo y de error en la escritura, trascribo a continuación:

“En relación con el comentario que se hizo en una de las conferencias sobre si la conciencia era una función de la esencia, un compañero afirmo que la conciencia era una función de la esencia.

Sin embargo, no convencido con ello me remití a algunas de las sesiones que Ouspensky sostuvo con sus discípulos, contenidas en el libro “El Cuarto Camino”, en la que Ouspensky, dice que  “…la conciencia no es una función, sino el conocimiento de una función”

Esa primera premisa, me llevó a hacer el siguiente e ineludible razonamiento:

Si la conciencia es el conocimiento de una función, (refiriéndose Ouspensky seguramente a las funciones de cada uno de los centros) resultaría evidente que si la conciencia fuera una función, nos encontraríamos con que una función, al ser una función, no podría nunca conocer a otra función, sino que se requeriría por fuerza de una entidad externa que la conociera, por tanto si la conciencia fuera una función de la esencia y no una cualidad o parte inherente a ella, se vería imposibilitada para conocer a otra función.

Por tanto, la conciencia tiene que ser una cualidad o propiedad de la esencia sin la cual la esencia no podría existir, situación diversa a una función, pues la esencia puede existir con independencia de que una de las funciones que posee exista o no, pues su existencia deriva de su actividad y su actividad puede darse por el simple y llano hecho de existir y seguir vibrando a una determinada frecuencia vibratoria, aun y cuando algunas de las funciones que posea se encuentren inactivas. Un claro ejemplo, de ello es una persona que entra en estado de coma, las funciones de los centros intelectual, emocional y motor, pueden en verdad estar inactivos, pero ello no significa que la esencia deje de existir y mucho menos que su conciencia deje de existir también, estarán por decirlo de una manera, en “stand by”. Por otro lado si la conciencia fuera una función de la esencia y no una cualidad de la misma, ésta no sería factible de desarrollo alguno, pues una función se reduce simplemente a la posibilidad que se tiene de realizar algo o no, es decir, comparando a la función con un botón de ajuste de volumen de un radio, el botón tiene una función, pero nunca dejará de ser esa su función, el botón de volumen de radio seguirá siendo el botón de ajuste de volumen de radio y nunca podrá tener la función del botón sintonizador, es decir, no podrá desarrollarse para ser otro botón distinto; en cambio la conciencia si puede desarrollarse e incrementar su capacidad de percepción; si fuera una función de la esencia y no una propiedad que le es inherente e inseparable, ésta, junto con la esencia no podría desarrollarse jamás. Es decir, el botón de la radio, puede o no cumplir con su función, pero el radio (o sea la esencia), no por ello dejará de trabajar en sus demás funciones y solo una entidad con capacidad de percepción puede darse cuenta del no funcionamiento de esa función y tratar de conocerla para reparar ese botón que no sirve o no funciona correctamente, a través del conocimiento de su función.

De hecho, el estado de conciencia de sí o de conciencia objetiva, le permite a la esencia conocer cada una de las funciones de la máquina; como decía Gurdjieff, “…somos máquinas pero máquinas que no funcionan correctamente”, con el desarrollo de la conciencia de sí, se hace factible “arreglar” la máquina, a través del conocimiento directo e inmediato de sus funciones, a fin de que cada centro haga el trabajo que les corresponde, dicho de otra manera, que cumplan de forma correcta con sus funciones.”

Dicho lo anterior, el Maestro dijo:

“Este es un claro ejemplo, de que muchas veces dentro del Camino, el Maestro debe guardar silencio en ocasiones para que la Verdad en torno a determinado tópico o tema que se trate en las conferencias surja a la Luz, y nos citó un fragmento del libro “El Vuelo de la Serpiente Emplumada” que dice así:

 

No dudes de la duda y duda.

Pero duda con fe, y aun duda de la fe

¿Pues no es la duda inercia en la pendiente de fe

hacia la oscuridad

y fuerza en el impulso para alcanzar la comprensión?

No dudes, y sin embargo, duda

de todo cuanto creas verdadero

porque la duda también es verdadera

en sí y por sí.

Dudando de la duda,

y dudando con la fe y de la fe

verás lo ilusorio de la duda y la fe

derrumbarse a tus pies…

y alzarse majestuosa ante tus ojos

la duda hecha Verdad.”

 

Alfredo De Sanjuan.

El Fragmento que se cita es del libro “El Vuelo de la Serpiente Emplumada”

Autor: Armando Cosani.

 

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