La Observación de Sí – Gérard Tiry

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Es una frase de Krishnamurti la que me inspiró el título de esta conferencia. Se las leeré lentamente para que puedan apreciarla bien. Krishnamurti dice: «Aprender es de instante en instante, es un proceso por el cual uno observa infinitamente, sin condenar, sin juzgar, sin evaluar jamás, sólo observando. A partir del instante en que uno condena, interpreta o evalúa, uno tiene un modelo de conocimiento, de experiencia y ese modelo impide aprender».

Me pareció interesante considerar la importancia que Krishnamurti da a la observación: debemos observar sin que nuestra memoria intervenga, sin ideas preconcebidas, sin estar obsesionados por construcciones mentales que, precisamente, hacen que nuestras observaciones sean incorrectas. La cuestión es definir cómo podemos observar, a qué nivel de nuestra vida espiritual puede desarrollarse nuestra observación.

Existe un orden natural en las operaciones del pensamiento. Esta constatación me parece muy importante, es susceptible de guiarnos en nuestros pensamientos y de – habiendo sido efectuada la observación – apreciar el nivel del estado en el cual nos encontramos al momento de hacerla. Uno no puede observar y conocer al mismo tiempo utilizando la memoria, es decir, reconocer. Aprendemos así que los estados no-mentales preceden obligatoriamente a los estados mentales.

El pensamiento no es entonces un fenómeno que se produzca al azar y no podemos pensar lo que sea, como sea. Todo pensamiento tiene una partida en nuestro organismo y un fin. La energía corre por nosotros de una cierta manera y en un cierto sentido.

De hecho, debemos tomar consciencia de que todos los seres vivientes son seres que se alimentan, y alimentarse consiste en abstraer una cierta calidad y una cierta cantidad de elementos provenientes del mundo exterior con miras a una asimilación. El aire que respiramos es un alimento. Hay incluso actividades del mundo exterior que son captadas por nuestros sentidos y que proveen el alimento de nuestra vida espiritual.

Estas actividades que nos rodean son extremadamente sutiles, extremadamente ricas, demasiado sutiles y demasiado ricas para nuestros sentidos que no pueden captar más que una ínfima parte de ellas. Nosotros no aprehendemos de hecho más que una franja bastante insignificante de fenómenos que se sitúan entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. En realidad, nuestros órganos de los sentidos son muy limitados y el esfuerzo efectuado por las ciencias consiste en gran parte en descubrir nuevas perspectivas, inventando instrumentos que prolonguen nuestros sentidos: telescopios, microscopios, cine en cámara lenta o ultrarrápida, radares, etc. Vivimos en consecuencia en un «encierro audiovisual» muy restringido que no puede dar cuenta objetivamente del mundo que nos rodea.

A partir del momento en el cual nuestros sentidos captan las actividades exteriores, actúan como transformadores, es decir, transforman estas actividades exteriores en otra clase de actividad totalmente diferente en su esencia, que sólo podrá ser transmitida al cerebro luego de haber circulado en nuestro sistema nervioso.

En efecto, no hay identidad entre el mundo que nosotros reconstruimos a través de nuestro pensamiento y aquel que nos rodea: este último es sutil, en tanto que aquel que nosotros creamos es tosco, ya que es el resultado de abstracciones. Incluso nuestro cerebro estructura un mundo a su imagen, un mundo que le es propio, que no se parece al mundo exterior sino que a la estructura de nuestro intelecto.

Cuando nos identificamos con nuestras construcciones mentales, vivimos el mundo de la ilusión, maya. Los seres en los que el cerebro está estructurado de un modo diferente en relación al nuestro, construyen un mundo diferente. Si son estimulados por las mismas actividades exteriores, no queda más que afirmar que sus representaciones mentales son a imagen de sus estructuras mentales.

Vamos a seguir el desarrollo del pensamiento tratando de determinar las etapas esenciales sobre las cuales efectuaremos, paso a paso, las constataciones útiles. El pensamiento es un fenómeno que sigue cierto camino, lo que implica que su desarrollo exige cierto tiempo.

Cuando las actividades exteriores estimulan nuestros sentidos, ¿qué pasa al nivel de estos últimos? Tomemos por ejemplo la vista: si estoy en presencia de una rosa roja, existe cierta actividad a nivel de la rosa que da inicio a ondas o partículas que alcanzan al ojo y allí originan una substancia que da la sensación de rojo. Los procesos del sentido de la vista son de naturaleza fotoquímica, las ondas o partículas son descompuestas por una substancia fotosensible situada en el ojo: de tal manera que el rojo se forma en la retina pero no existe en la naturaleza. La retina es el lugar en el que se transforma la energía vibratoria de los fotones luminosos – que no podrían ser captados directamente – en energía eléctrica, lenguaje del sistema nervioso. La retina cumple una función de aparato transformador, dispositivo cuyo rol consiste en transformar una información o señal de una categoría en una información o señal de otra categoría. La noción del color es, por lo tanto, puramente subjetiva y no existe ningún equivalente físico, fuera de la frecuencia de las ondas electromagnéticas.

El oído distingue vibraciones en una escala de alrededor de nueve octavas, es decir, entre 30 a 20.000 vibraciones por segundo. El oído también cumple la función de un órgano transformador. En efecto, los decibeles del sonido, caracterizado por una nota, no tienen otro equivalente físico que la frecuencia de una onda de compresión propagándose en un medio. Esta onda de compresión no se convertirá en ruido si no es traducida por un sistema auditivo presente.

El olfato, el gusto y el tacto son debidos al rol transformador de los receptores cutáneos.

En consecuencia, los sentidos transforman una forma de energía que se encuentra en la naturaleza y que no puede ser directamente aprehendida por el hombre en otra forma, que pueda ser utilizada por el organismo: la energía eléctrica que circula por el sistema nervioso.

La segunda razón por la cual nuestras sensaciones no nos dan una copia exacta de los que nos rodea es la siguiente: nuestras sensaciones representan un primer nivel de abstracción. Los órganos de los sentidos son muy limitados y no captan más que una mínima parte de los mensajes. Hemos citado la multitud de sistemas receptores que el hombre ha inventado para transformar los estímulos no recibidos directamente por los sentidos en fuentes de información. Con la ayuda de instrumentos cada vez más perfeccionados, el hombre descubre constantemente nuevas actividades, pero éstos son aún muy débiles. Es imposible concebir la cantidad de actividades que encierra la habitación en la que estamos.

Si nuestros sentidos nos devolvieran una imagen del mundo tal cual es, sería extremadamente curiosa y muy impresionante, ya que veríamos millares de partículas movidas por una energía, sin distinguir objetos, los cuales no son en definitiva más que representaciones mentales.

Nuestra vida espiritual está entonces alimentada por nuestras sensaciones. Comprendemos mejor la importancia de ellas, tomando consciencia de que son igualmente sentimientos.

Un aspecto de la respuesta que el estímulo provoca en nosotros es la emoción, a veces llamada sentimiento. Es fácil, aunque a menudo prestemos poca atención, observar el aspecto emocional de la sensación. No es posible mirar una puesta de sol en una tranquila tarde, sin darse cuenta de que la sensación es igualmente emoción, El hecho es más fácil de observar cuando el agente exterior es violento, por ejemplo: un ruido repentino. Pero la emoción se manifiesta también de forma más sutil, y es en ese momento que lo llamamos sentimiento. Cuando dos personas se encuentran por primera vez, antes de que la reacción sea turbada por el intelecto, existe la indicación de afinidades o de repulsiones instintivas. El primer contacto con un acontecimiento no habitual es rico en sensaciones-sentimientos fácilmente observables: entrar solo a un restaurante, buscar un lugar, etc…. Las sensaciones-sentimientos son el mejor contacto que podríamos establecer con el acontecimiento.

Acabamos de examinar rápidamente el plano no mental en el cual se manifiesta la esencia del individuo, y a través de ella su comprensión. Vamos a examinar ahora las manifestaciones del plano mental en el cual se desarrolla la personalidad a través de los conocimientos.

El plano mental es el plano de la memoria, nuestro cerebro es una especie de biblioteca donde todo está registrado, clasificado, etc. El cerebro clasifica a menudo conjuntos, como el bibliotecario clasifica de una parte las novelas y de otra los libros de historia, establece una distinción de acuerdo a las épocas o a las civilizaciones. El cerebro crea igualmente estructuras que podemos definir como un conjunto de relaciones en un conjunto de objetos. Esta noción de estructura que relaciona varias dimensiones en el conocimiento constituye la creación mental más evolucionada.

Es interesante, para comprender bien el rol de la mente, examinar el fenómeno de la objetivación. Hemos visto que los sentidos eran órganos receptores, ellos no se proyectan hacia el exterior, por el contrario, es el mundo exterior el que viene a «golpear» a su puerta. No es inútil recordar esta realidad, ya que tenemos curiosas formas de expresarnos, hablamos de «echar un vistazo», lo que no tiene significado, ninguna substancia sale del ojo del individuo para ir a captar a lo lejos el acontecimiento. Hablamos igualmente de «parar la oreja», lo que es una expresión muy curiosa, ya que si tratamos de hacer actuar los músculos de la oreja, no podemos esperar más que un resultado mediocre.

Hablamos también de «tocar» un objeto, cuando en realidad nosotros somos tocados por él: son, en efecto, las actividades químicas a nivel del objeto las que impresionan nuestro órgano del tacto. En consecuencia, cuando ponemos la atención en el mundo exterior la ponemos en nosotros mismos. Estamos encerrados en nuestro mundo subjetivo, y no podemos tomar conocimiento del mundo exterior sino a través de nuestras sensaciones-sentimientos. La comprensión no puede aparecer sino después de un esfuerzo de interiorización. Se trata allí de una experiencia que no tiene ninguna relación con el conocimiento intelectual.

Si debemos admitir que vivimos en un mundo subjetivo, igual es interesante comprender cómo y por qué objetivamos; cómo viene la certeza de que aquello que se manifiesta interiormente sea exterior a nosotros. Cuando yo los veo a ustedes los siento interiormente, pero los veo exteriores a mí. En consecuencia, sucede que mis sensaciones son proyectadas al exterior, y partiendo de experiencias subjetivas, llego a objetivar un mundo exterior. He aquí un fenómeno que siempre ha extrañado a los filósofos. La explicación más honesta me parece ser la siguiente: los niños muy pequeños viven en un mundo interior, la consciencia en esta edad es muy global, es vivida en constante éxtasis, las actividades son captadas como internas, tanto en su origen como en sus manifestaciones. Al parecer, la distinción entre un mundo interior y un mundo exterior se establece luego de insatisfacciones tales como los contactos dolorosos, el frío, el hambre, etc…. Es a partir de estas experiencias que la mente objetiva un mundo exterior. Aquí se trata, en cierta forma, de un proceso de proyección, el ser desplaza una parte de sí mismo exteriorizándola; desplaza a menudo aun la totalidad.

Una de las manifestaciones más impactantes de esta distinción entre el yo y el no-yo es la que nos permite tratar nuestro cuerpo, sede de nuestras sensaciones-sentimientos, como un objeto exterior. Podemos hablar de nuestra mano, de nuestra pierna, considerándolos como objetos extraños, como conceptos, siendo que se encuentran al interior de una piel que debería constituir la separación entre el mundo interior y el mundo exterior.

De acuerdo a leyes que le son propias, el cerebro decodifica actividades neuroeléctricas que le son transmitidas, partiendo desde los sentidos, por el sistema nervioso. El agrupa estas actividades en unidades simples relativamente constantes, representando elementos manejables de información, lo que nos permite considerar que un objeto es una hipótesis mental.

En la perspectiva de la observación de sí, vemos dónde yace el problema: estamos divididos. Existe este mundo interior que es el de la comprensión, y nosotros objetivamos un mundo exterior que es nuestra creación, y que no puede ser considerado independiente de nosotros. Cuando hablamos de percepción unificada o de comprensión unificada, se trata por cierto de la reunificación de la persona que ha estado separada en dos y la observación es obligatoriamente una observación interior.

La mente es una herramienta maravillosa que nos juega malas pasadas porque la utilizamos en lugar del sentido común. Cuando condenamos, interpretamos, evaluamos, estamos en un estado comparativo en el que la situación presente hace emerger de nuestra memoria un esquema anterior, una idea preconcebida. Aunque los acontecimientos no sean jamás idénticos, buscamos siempre las semejanzas, jamás las diferencias; tenemos modelos de conocimiento que nos impiden aprender. Expresamos este estado comparativo diciendo que estamos «espantosamente decepcionados» o «felizmente sorprendidos», incapaces, como somos, de despojarnos de nuestras preocupaciones.

En efecto, utilizamos nuestra memoria por pereza, para evitar vivir el momento presente. Nuestra mente es incapaz de abordar el acontecimiento sin su bagaje de ideas preconcebidas. La observación no consiste en negarlas, en tratar de evitarlas, sino en tomar consciencia de ellas. Cada uno de nosotros tiene su estilo propio de ideas preconcebidas por las cuales está preparado para juzgar, en todo momento, la situación presente. No iríamos al teatro si no pensáramos que la obra es «interesante», si no tuviéramos un esquema de aquello que nos espera. En todo lo que emprendemos damos por supuesto un resultado.

En efecto, nuestro cerebro es muy rápido, acapara el acontecimiento exterior sin darnos el tiempo de tomarle el gusto a través de nuestras sensaciones-sentimientos. Como el cerebro está activado por la memoria y ésta interviene por automatismo, nuestro pensamiento es automático. Como se nutre de abstracciones muy pobres, nuestro pensamiento es pobre. No hay que olvidar, en efecto, que la memoria efectúa una abstracción sobre las sensaciones y que su registro es estrecho. Poseemos pocas imágenes en relación a la enormidad de acontecimientos que hemos vivido desde nuestro nacimiento.

El fenómeno de la memoria permite a la mente efectuar otra operación importante: la de crear el tiempo y con él la historia, es decir, establece un lazo lógico entre los acontecimientos vividos y los acontecimientos futuros, tal como son imaginados. Una vez más allí estamos divididos, sucede que la creación del tiempo es otro aspecto de la dispersión de nuestra individualidad. Si debe producirse una reunificación, ésta será en la vivencia del momento presente.

A este nivel de nuestra búsqueda es muy importante comprender cómo podemos estar presentes mientras que nuestra mente vive en el tiempo. Sólo nuestro cuerpo está anclado en el presente: él no vive con sus células de ayer, ni con aquellas que deben aparecer mañana, sino que con aquellas que están «aquí-ahora»; él vive un eterno presente. No podemos, en consecuencia estar presentes espiritualmente, más que a través de la sensación de nuestro cuerpo. Cuando no es así, podemos estar seguros de estar inmersos en un estado mental. Por el contrario, cuando esta sensación está presente, estamos situados en el espacio y el tiempo: aquí y ahora. Esta sensación del cuerpo es de hecho una presencia a las sensaciones-sentimientos que se manifiestan, y sólo la experiencia puede revelárnosla. Montaigne, hablando del contacto con su interioridad, escribía: «Yo, yo me saboreo».

El momento que vivimos «aquí-ahora» es único. Desde el inicio de esta conversación hemos vivido momentos únicos. Estando suficientemente atentos a nuestras sensaciones-sentimientos podemos haber tomado consciencia de que su calidad era diferente a cada instante. Estamos conectados a un mundo que no es estático, sino donde el movimiento es la regla. ¿Sienten hasta qué punto somos estáticos y pesados, cuán faltos de agilidad para cabalgar este momento de la vida? Yo utilizo el término «conversación», que es tan general, siendo de hecho esta palabra bastante pobre frente al acontecimiento vivido, que es de una riqueza inagotable.

Observemos que el mundo mental está enteramente sometido al mundo verbal, no pensamos más que con palabras. Obsérvenlo en ustedes cuando están solos, ustedes se hablan con palabras; cuando hacen proyectos es con palabras; aun cuando sueñan es con palabras. Nuestras ideas preconcebidas están hechas de palabras entrelazadas las unas a las otras. Cada lenguaje es una cierta forma de pensar, todos estamos condicionados por el lenguaje de nuestra infancia. Ahora bien, las palabras son símbolos, es decir, están puestas en el lugar de las cosas, tienen un contenido emotivo e imaginativo que les es propio, que no corresponde necesariamente a los acontecimientos que ellas sugieren. Dicho de otra manera, las emociones y las imágenes que las palabras desencadenan en nosotros no son idénticas a aquellas desencadenadas por los correspondientes acontecimientos vividos.

El pensamiento occidental reposa en la objetivación, ¿cómo podríamos vivir este pensamiento y permanecer conscientes de sus límites? Pienso que la consciencia a este nivel existe si conseguimos dividir nuestra atención, si conseguimos no identificamos con nuestra mente y con nuestras construcciones mentales: objetivar todo conservando la consciencia de que estamos objetivando.

Los científicos emiten teorías, es decir, ellos estructuran el mundo de acuerdo a la estructura de su cerebro. Sin embargo, ellos saben perfectamente que sus teorías no son más que teorías y queda en segundo plano un observador consciente de su relatividad.

Esta división de la atención me parece próxima al humor. Bachelard escribía: «Uno no puede objetivar sin ironizar>>.

Pero nuestro fin último ¿no es la búsqueda de la reunificación del ser? Yo quisiera, para ilustrar esta finalidad contarles en pocas palabras la siguiente parábola extraída de la literatura oriental: Un coche circula en la ciudad en forma descontrolada, el vehículo choca con las cunetas y se daña, los caballos se atropellan y el cochero va de taberna en taberna embriagándose. Han comprendido que el vehículo significa el cuerpo, los caballos, las emociones, y el cochero, la mente. Pero el Maestro llega, da órdenes e indica el camino. Rápidamente el cochero retorna a su asiento y ajusta las riendas, los caballos encuentran nuevamente su lugar y con una fuerza tranquila ponen el vehículo en movimiento. Sucede lo mismo en nosotros, cuando el Maestro está allí, la consciencia está unificada y lo que en nosotros esté disociado es nuevamente asociado.

Gérard Tiry
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