PARA UNA JUSTA OBSERVACIÓN DE SÍ – JEAN VAYSSE

publicado en: Cuarto Camino, Jean Vaysse | 0

ObservaciónLa primera etapa de un estudio que quiere conducir al conocimiento de sí es la observación de sí,
con tal de que se practique de una manera adaptada a esta meta. En este sentido, la observación de sí
ordinaria, tal como la gente la practica toda su vida, es casi totalmente inútil y, pese a las apariencias, no
aporta nada válido para el conocimiento de sí que necesitamos: un conocimiento de sí probado y vivido.

Hay, en efecto, dos métodos de observación de sí: el análisis y la constatación.

El método de análisis de sí, o introspección, es el método habitual; es éste el que han aplicado
generalmente los estudios modernos y del cual ellos intentan actualmente liberarse. En este método, cada
hecho observado es tomado en sí mismo y sirve de base a un análisis intelectual, bajo la forma de preguntas
sobre las causas, las relaciones y las consecuencias de ese hecho observado: ¿de qué depende tal cosa, por
qué ocurre? ¿Por qué ocurre así y no de otra manera? El centro de gravedad de la búsqueda es el hecho
observado, y los otros elementos son agrupados, en relación con él y no en relación con el conjunto del
hombre. Este pasa a un segundo plano si no es que se le ha perdido de vista. Ahora bien, desprendido del
conjunto y las leyes generales, el análisis de un fenómeno aislado, no tiene ningún sentido y no representa
sino una pérdida de tiempo.

Es más, el hombre que se observa así comienza a buscar respuestas a lo que constata, luego se
interesa en las respuestas y en sus consecuencias, pronto pierde de vista que él estaba ahí, en principio, para
la observación de sí, y no para interpretaciones, para las cuales no dispone todavía de la cantidad suficiente
de material necesario. De modo que todo un funcionamiento intelectual se desarrolla a propósito de una
observación relegada a segundo plano, y hasta olvidada; por lo tanto, un hombre que se analiza de esta
manera, no solamente no progresa más en el conocimiento de sí, sino que incluso hace progresar en él ideas o
imaginaciones sobre sí, algunas de las cuales llegarán a ser el peor obstáculo para este conocimiento: y
entonces va en contra de lo que buscaba.

Otro efecto nefasto de este método de análisis es que divide entre sí las funciones del hombre que se
observa de esta manera: la que predomina entre sus funciones (el intelecto casi siempre), se separa del
conjunto de las demás para mirar a su manera, seguir a su manera, y frecuentemente apreciar o juzgar el
conjunto como ella lo entiende. Semejante actitud sólo acentúa el predominio de una función sobre otra y no
las reequilibra entre sí: la disociación interior y el conflicto inherente a todo hombre quedan así
inmediatamente reforzados.

El método de análisis puede ser útil mucho más tarde para profundizar tal vez en un punto
particular, cuando un conocimiento suficiente del conjunto al cual se incorpora ha sido adquirido, y esto sin
perder de vista todo el conjunto. Pero para llevar al conocimiento de sí y para permitir una evolución
armónica, la observación de sí no debe ser, al comienzo, bajo ningún pretexto, un análisis o un intento de
análisis.

Al principio, sólo el método de las constataciones puede llevar a la meta que nos proponemos.
Ninguna observación, en efecto, tiene valor real para el conocimiento de sí, si no ha sido considerada en sus
relaciones con toda la estructura de quien se observa y si no se la ha vinculado al conjunto de los elementos y
leyes que forman esta estructura, no solamente tal como es en el momento presente, sino también en lo que
está llamada a llegar a ser: es decir en el movimiento y la vida del todo. En el curso de esas “constataciones”,
el conjunto no debe, en ningún momento, perderse de vista: sólo él cuenta y sobre él debe permanecer el
centro de gravedad.

De manera que deben dejarse de lado todos los resultados o experiencias anteriores de observación
de sí. No es que deban ser sistemáticamente rechazados, pues no podemos continuar viviendo ni ellos; y por
otra parte, puede que haya en ellos elementos de rían valor. Pero todo este material ha sido reunido en
función de nicas sobre sí y de divisiones diferentes, o incompletas, o erróneas, por lo tanto, no puede servir
tal cual es para el trabajo que nos proponemos; lo que pueda contener de válido será retomado a su debido
tiempo y ubicado en su justo lugar.

Una observación real con vistas al conocimiento de sí no es posible si no se han reunido primero las
condiciones precisas.

Para que ésta pueda comenzar sin ser destructora, deben darse primero cierto número de
informaciones, bajo la forma de un bagaje inevitablemente intelectual en esta etapa. El primer trabajo de
quien quiera realmente observarse, será el verificarlas lo más pronto posible por su propia experiencia, y no
admitir como real nada cuya realidad no haya comprobado por sí mismo.

Estas informaciones necesarias conciernen a la estructura misma del ser humano, su modo de
funcionamiento y sus transformaciones posibles más inmediatas. Deben ser suministradas bajo una forma
suficientemente completa como para servir de marco y armazón a lo que será, más tarde, un real
conocimiento de sí.

Al mismo tiempo que se realiza este trabajo preliminar de verificación de las informaciones, se
puede comenzar el estudio de sí por el principio, es decir, observándose a sí mismo, por simple constatación,
sin juzgar nada ni cambiar nada, como si uno no se conociera en absoluto y como si uno nunca se hubiera
observado, tratando solamente de determinar a qué centro o a qué grupo de centros pertenecen los fenómenos
que se observan, con qué funciones están relacionados y con qué nivel de estas funciones.

Es evidente, desde los primeros pasos, que los obstáculos son considerables y que no hay ninguna
esperanza de superarlos algún día si no son primero reconocidos y vistos tal como son.
Es evidente también que para un trabajo de esta clase son indispensables una energía, un tiempo, y
unas condiciones particulares: ¿cómo las encontraríamos sin buscar primero las fuerzas con las cuales
podremos contar en nosotros mismos, o a nuestro alrededor y la manera como podremos encontrar el tiempo
y las condiciones necesarias?

No hay prácticamente ninguna posibilidad de que un hombre aislado, cualesquiera que sean
inicialmente sus buenas intenciones, venza solo tantas dificultades diversas.

Él necesita, cuanto antes, dos tipos de ayuda. Necesita, por una parte, una ayuda interior que la
misma observación de sí le puede aportar: además de las constataciones que ella permite acerca de aquello de
lo que estamos hechos, ella pronto muestra que en este conjunto, toda una parte funciona abusivamente y
toma para sí sola todo el sitio. En un hombre que busca ser plenamente él mismo, esta visión de su situación
hace surgir el deseo de ciertos cambios y de una transformación. Esta visión y el deseo que hace surgir son la
fuerza básica sobre la cual puede apoyarse todo el trabajo ulterior. Pero esta ayuda interior, este aliado en él,
no puede ser suficiente: a diferencia de lo que él cree generalmente, un hombre solo no puede saber lo que
hay que cambiar ni cómo cambiarlo. Necesita cuanto antes de una ayuda exterior y hace falta que encuentre
cuanto antes una escuela donde las condiciones —que no conoce— estén dadas para que la transformación
que él desea pueda proseguir.

Para un hombre que ha tomado conciencia de su situación, encontrar una escuela se vuelve la
necesidad más imperiosa.

JEAN VAYSSE

 

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