¿Qué es ser un Buscador de la Verdad? – Emmanuel Klinger

publicado en: Cuarto Camino, Otros | 0

buscadorTodo empieza por una pregunta. Una interrogación muda pero implacable, que viene abruptamente a interrumpir el curso de mis ocupaciones, de mis cuitas, de mis pensamientos. « ¿Qué puedo hacer frente a mi vida?». Apenas formulada, la pregunta se vuelve débil.

Muy pronto la habré olvidado a menos que no la haya respondido, como respondo a todo, buscando en mi memoria la solución del problema. Sin embargo, si permanezco atento a los ecos que despierta en mí, descubro allí una fuerza insospechada. En el momento en que ella se plantea, su evidencia borra todo lo que me cautivaba en el instante precedente. Heme aquí al acecho.

¿Quién soy yo, frente a esta vida que me lleva y que llamo mía? ¿En qué medida ella me pertenece? ¿No estoy más bien entregado, atado de pies y manos, a exigencias que no he escogido? Una duda aparece. Por poco que la interrogación subsista, ella gana en profundidad, revelando otro enigma: si es verdad que la pregunta me compromete por entero ¿qué puedo hacer para dejar de olvidarla? Se trata de algo más que de una simple distracción. Más bien es una especie de amnesia que, lejos de ser accidental, forma parte de mi naturaleza.

Desde entonces, incluso el lenguaje es puesto en duda, y con él este «yo» cuya actividad se disgrega en una polvareda de emociones, estados de ánimo, sensaciones, ideas cristalizadas por el hábito. En esta mezcla inestable y caprichosa, no hay nada que yo pueda agrupar en la unidad de una denominación.

Yo no me conozco, no más de lo que conozco lo que me rodea, este mundo que percibo en el espejo fragmentado que me constituye. El mundo es mi horizonte familiar. Como un hombre sentado en un tren en sentido inverso a su dirección ve desfilar y desaparecer los paisajes que acaba de atravesar, yo asisto impotente al desenrollamiento de mi pasado. ¿Quién es ese viajero desconocido que habla, decide, actúa o más bien reacciona en mi nombre?

«Conócete a ti mismo». La invocación socrática toma entonces todo su sentido: el de una búsqueda de la realidad más acá del telón cambiante de la subjetividad, Otra frase le responde como un eco: «Sólo sé que nada sé». La paradoja no es más que aparente, No se trata de un simple juego dialéctico, donde saber y no saber se opusieran abstractamente. ¿Cómo una consciencia condenada a la precariedad tendría acceso al conocimiento de otro modo que llegando a ser consciente de su propia precariedad?

Esta paradoja no carece de peligro. Ella revela un malestar, un mal-vivir. Que ella se me aparezca bajo un aspecto cómico o patético, mi ignorancia me conduce siempre al mismo punto: al presentimiento oscuro de ser una caricatura viviente en busca de su modelo original. Debe haber otra manera de existir, un arte de vivir. Un verdadero destino, del que parece desprovista esta marioneta que se agita sin saber por qué.

Tal es mi situación: estoy atrapado entre este llamado que me ordena conocerme – pues se trata de un «conócete» incondicional; no de un «sería conveniente que», «sería mejor que» te conocieras – y la certidumbre de no saber, la aspiración a un conocimiento que me liberaría del malestar. Todas las salidas parecen bloqueadas. Queda la tentación de escapar por la imaginación, por las ensoñaciones metafísicas, en el refugio confortable de los dogmas, o de uno de esos quietismos que garantizan la felicidad a buen precio, siempre para mañana. Mañana seré libre, pero será demasiado tarde.

Sin ser todavía un buscador, he perdido un poco de mi ingenuidad. No me dejo mecer tan fácilmente por las ilusiones. Es entonces que, en el momento que menos la esperaba, la verdad se me aparece. Una vez más me he dejado engañar. El «nada sé» es sólo la máscara de una realidad insospechada: «nada soy». La experiencia inicial del olvido de sí me trae de vuelta a mi propia inexistencia. Yo preguntaba: « ¿quién habla?». La respuesta es: «Nadie».

Por extraño que sea, esto debe tener una causa. Me es necesario conocer la razón de esta sinrazón que me habita. De ahí en adelante el buscador que se despierta en mí se siente investido de una responsabilidad. No depende sino de él franquear ese umbral, pasar esa puerta que cada experiencia aproxima para alejarla de nuevo. Ha llegado el momento de observar y de comprender, de adquirir un conocimiento directo y aplicable a la condición en la que me encuentro.

La búsqueda no es una actividad separada, como una profesión. Es del oficio de vivir de que se trata. Esto no es un lujo, sino una necesidad que toma la forma de una indagación permanente en la que soy a la vez el sujeto y el objeto, el observador y el territorio a observar, teniendo por único instrumento una atención tan débil que falla todo el tiempo. Si ella adquiriera una fuerza suficiente, esta atención podría llegar a ser, aunque no fuere más que por un momento, tan penetrante como para aclarar el mecanismo que origina todos mis movimientos. Este mecanismo obedece a una ley de desarmonía fundamental. Entre los tres aspectos principales que me componen – el pensamiento, el cuerpo, la afectividad – reina una discordia que hace de mí un pelele dislocado. Mis resoluciones más firmes no pesan nada frente a un deseo imperioso. Este, a su turno, se desvanecerá ante un impulso incontrolable. Estos tres eventos, con los cuales me identifico por turno según las circunstancias, me encadenan a actitudes que no puedo modificar, porque ellas son el fruto de un desorden donde yo no soy el amo.

Por lo tanto, todo me invita a creer que este caos encubre un orden virtual. Que la atención se afine, que la mirada se agudice y, en un relámpago, una armonía se establece. Los tres aspectos reconciliados no forman más que uno, dejando el lugar a quien es el único que tiene plena autoridad: el maestro interior.

De nuevo, el buscador franquea un umbral. Es necesario ahora escuchar, llegar a ser el alumno de este silencio viviente. Descubrir paso a paso las condiciones en las que él aparece y la acción que ejerce en mí. Es tiempo de aclimatarse a su presencia.

Desde ahora, una certidumbre se instala: es esta presencia que, desde el comienzo, no ha cesado de atraerme. El buscador era buscado, sin saberlo. Yo no estaba entonces solo. Mis primeros pasos hesitantes, mis dudas, mis retrocesos, testimoniaban ya, aunque fuera resistido, un llamado del que me falta encontrar el origen. ¿Porque de dónde vendría sino de otra naturaleza? ¿De dónde surge sino de una influencia diferente cuya fuente permanece oculta?

Inquiriendo mi relación con esta influencia, descubro otro tipo de pertenencia, de filiación. Algo me es solicitado de la misma forma que la vida – ella también – me pide responder a su incesante provocación. Entre ambos llamados, un lugar me ha sido asignado. Y con él, una promesa de autonomía, un anticipo de libertad. Esto está todavía mezclado, confuso. Para que se clarifique, es necesaria una transformación.

Esta transformación no puede ser efectuada desde el exterior por ningún tipo de fuerza. Es del interior que surge el impulso capaz de conciliar los dos mundos. Es en el espacio interno que nace el sufrimiento de no poder llegar a ella.

Si yo no soy para mí ¿quién soy? Si sólo soy para mí ¿quién soy? si no es ahora ¿cuándo?

Estas antiguas palabras indican el camino. Pero un camino no basta. Sin guía, un buscador bien pronto no es más que un extraviado. Le es necesario encontrar una vía más segura, una corriente en contacto directo con otra influencia. Sin abandonar su espíritu crítico, el buscador debe plegarse a una verdadera educación, y pasar una tercera puerta.

La búsqueda ha perdido su carácter general. Se ha despojado de su abstracción, pero no de su misterio. “Buscar como buscan aquellos que deben encontrar”, decía San Agustín. Pero la tarea ¿no es interminable? Y es por eso, sin duda, que él agregaba: “Encontrar como aquellos que deben buscar todavía”.

Emmanuel Klinger
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