¿Quiénes son los mejores? – A. R. Orage

publicado en: A.R. Orage, Cuarto Camino | 0

A.R. Orage 1Necesitamos amar a aquellos seres superiores, cuando los encontramos, cantaba Tennyson; pero ¿cómo podremos alguna vez encontrarlos si no sabemos cómo buscarlos? Tennyson asumía que no podíamos fallar en reconocerlos a simple vista; pero esa pretensión es demasiado ingenua, y ha dado origen a falsificaciones sin cuenta. Se necesitan dos condiciones para encontrar un ser superior: primero, que aparezca y, segundo, una mente capaz de reconocerlo. En la actualidad, por lo general, ni siquiera estamos conscientes de los valores que debieran ser medidos para ello. ¿Superior, en relación a qué? ¿Está relacionado con el intelecto, el sentimiento, la acción, o con nada de eso? ¿Qué hace a un hombre ser superior a un hombre promedio?

A primera vista, el problema no es fácil. Damos por garantizado que sabemos todo lo que sea necesario acerca de ello. Por lo tanto, cada uno de nosotros califica alegremente a las personas de acuerdo con nuestra estimación de sus méritos, sin preocuparnos por inquirir si acaso nuestra calificación tiene alguna otra base que no sea la de nuestros gustos o disgustos accidentales. Esas personas son mejores porque nos gustan más. Pero, resulta que todos tenemos diferentes gustos y eso lleva a diferentes resultados: algunos piensan que Napoleón es el más grande hombre que jamás haya existido; otros piensan lo mismo de Platón, o de Shakespeare, o de Buda. La confusión de resultados no nos interesa, continuamos pensando que nuestro enjuiciamiento es correcto.

Cuando abandonamos este estándar infantil y tratamos de encontrar un test científico para aplicar a los valores humanos, las dificultades inmediatas parecen enormes. En la actualidad, hay aproximadamente seis mil y medio millones de personas en la tierra, y es probable que el número vaya aumentando constantemente en el curso de los años. Esto introduce la primera dificultad, ¿Es el Hombre hoy día mejor que el Hombre de hace diez mil años? Si es así, ¿con respecto a qué? ¿Qué es el progreso, asumiendo que exista tal cosa en el Hombre como especie?

La próxima dificultad la constituye la diferencia de raza y nación, ¿Cuáles son las mejores razas y naciones, en realidad, no de acuerdo a nuestras preferencias occidentales? Digamos, «desde el punto de vista de Dios», ¿Es la raza blanca la mejor? Si es así, ¿por la superioridad de qué cualidad? O asumiendo que las razas son iguales en valor y sólo diferentes en forma, ¿qué es lo que crea la diferencia en valor entre naciones de la misma raza? Nosotros no admitimos que todas las naciones de raza blanca sean del mismo valor. Entonces, ¿qué es lo que hace que una sea más valiosa y, por lo tanto, mejor que otra?

Pero la más grande de todas las dificultades permanece y es estimar los valores comparativos de los diferentes tipos de hombres en cada raza. Es verdad que sólo hay un número limitado de tipos. En efecto, pueden ser reducidos a tres: el tipo intelectual, el tipo emocional y el tipo práctico; sus ejemplos son el pensador, el artista, el hombre de acción, Pero ¿cuál de estos tres es mejor que los otros y en relación a qué cualidad? ¡Ahí está el problema!

Cada uno tiene sus preferencias y, por lo tanto, su prejuicio en relación a estos tres tipos de hombre. Un hombre que se imagine ser un pensador, un artista o un hombre de acción, naturalmente exaltará su propio tipo. Mr. Bernard Shaw, un intelectual, afirmaba que el más amado objeto de la Fuerza de Vida era el cerebro. El mejor hombre en el presente siglo, según la naturaleza, sería Mr. Shaw. El artista, por su parte, sostiene que los más elevados valores son los estéticos. Ver al mundo como lo ve un artista – tal como él – es alzarse hasta los valores más altos obtenibles por el hombre. La escuela de acción exalta la acción. Dios – el más alto de todos los valores – no está pensando ni sintiendo, sino haciendo. El hombre es más parecido a Dios cuando está organizando exitosamente una industria, un gran negocio o una guerra.

Si no hay un estándar común a todos en virtud de nuestra humanidad compartida, no podría lograrse algún consenso. La diferencia entre estos tipos es tan absoluta que ninguno de ellos – sólo por ser un tipo – podría adjudicarse valores. Si los hombres fueran solamente pensadores, artistas u hombres de acción, sería imposible establecer alguna vez un estándar que permitiera reconocer al «mejor». Cada tipo debería tener su propio estándar y no habría nadie lo suficientemente imparcial para juzgarlos.

Afortunadamente la Torre de Babel hace bastante tiempo que se derrumbó para disipar una parte de la confusión de lenguas que motivó su caída. Los tres tipos de hombres no son tan distintos como para no tener algo en común. Y aunque, como lo hemos dicho, el problema de establecer un común estándar de valor – y de ahí llegar a un entendimiento respecto a cuál es el mejor – pareciera a primera vista difícil hasta lo imposible; en realidad, no es difícil, sólo requiere sentido común.

Juzgando nuestros tres tipos de hombres – el pensador, el artista, el hombre de acción – es obvio que ya estamos introduciendo otro estándar que el que les corresponde. Entre los pensadores, por ejemplo, todos estaremos de acuerdo en que el mejor entre ellos sería el que incluyera la capacidad para sentir y actuar junto con el pensamiento puro. El pensamiento puede ser su más elevada función, pero para ser el mejor, él debe además ejercitar sus otras funciones procurando igualarlas con la que en él es superior. Y lo mismo sería verdad para los otros, pasando por alto nuestras preferencias personales por uno de los tipos en desmedro de los otros dos. Los artistas proclaman a Da Vinci, por ejemplo, como el más grande de todos los artistas, porque él también fue un pensador y un hombre de acción, Y los hombres de acción similarmente contemplan a Julio César como el más grande en su tipo, porque él combinó el arte y el pensamiento con su habilidad práctica.

No se puede decir que hemos llegado a algo totalmente nuevo, y aunque esto no es un argumento en contra de nuestra conclusión, el hecho es que nuestro común consenso, así expresado, puede ser tomado por garantido y no considerar que nos despoja de un estímulo para nuestro desarrollo. Si pertenecemos por naturaleza a un tipo u otro, y penosamente hemos tratado de cultivar en nosotros las cualidades de los otros tipos, el propósito de alcanzar algún grado de superioridad puede resultarnos remoto. ¿Es este un simple criterio de valorización humana comúnmente aceptado, pero no tan comúnmente formulado?

¿Puede ser adoptado y aplicado por la persona corriente? Creemos que sí.

En el fondo, no somos pensadores, artistas o gente de acción, sino seres humanos, criaturas ocupando una ubicación definida en el esquema mundial.

Estamos colocados entre la Naturaleza y Dios, entre el mundo creado y el Creador, entre el mundo que es y el mundo que debiera ser. Nuestra función específica es actuar como un puente entre ambos, y el más alto de nuestros logros es ser conscientes de nuestra función. Con la consciencia de ella y de nuestra misión, podemos pensar, sentir o actuar con un propósito determinado. Si no, pensamos, sentimos y actuamos inconscientemente. La verdadera medida de la valoración humana es, en resumen, cantidad y calidad, no de pensamiento, sentimiento o acción, sino de estar conscientes de por qué, cómo y qué es lo correcto al pensar, sentir y actuar.

El estándar es aplicable a todos, por la simple razón de que es posible para cada uno de nosotros, sin gran habilidad como pensador, artista o empresario, tratar de estar más consciente de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos. El mejor de nosotros es aquel que se conoce a sí mismo mejor.

A. R. Orage

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