Ser “Uno” para Vivir en el Mundo Real – Arnaud Desjardins

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Ser “Uno” para Vivir en el Mundo RealLa Vigilancia:

No todos tienen los medios materiales ni las calificaciones requeridas para llevar una vida esencialmente contemplativa. Pero es posible llevar una vida activa haciendo un gran lugar a la consciencia de sí, y ésta la puedes tomar como sinónimo de vigilancia. No hay vigilancia si no hay una consciencia de sí. Si consagras a la búsqueda del Reino Interior sólo la media hora de meditación, puede ser que esa media hora sea estéril porque estás agitado, porque tienes distracciones, asociaciones de ideas, y a causa de eso no logras descender profundamente dentro de ti al reencuentro de ese Reino que está allí, pero que no es tan fácilmente accesible. Es indispensable encontrar la posibilidad de conservar la consciencia de sí estando, al mismo tiempo, activo y consciente de lo que pasa en el exterior de ti.

Si estás atento, verás que de la mañana a la noche te has dejado capturar por las cosas exteriores o por tus ensoñaciones interiores y que la consciencia de sí, la vigilancia, ha desaparecido completamente. La gran tragedia de todos aquellos que realmente están empeñados en el Camino, aun si son monjes, es el hecho de que nuestra atención se deja tomar y se deja distraer fácilmente.

La vigilancia me permite ver lo que es, en lugar de vivir como un ciego. Ver lo que está fuera de mí, las circunstancias en que me encuentro, las condiciones que me rodean, la manera como actúo. Veo una emoción que surge en mí, un temor, un rechazo, los veo. Y este Yo que ve no es el ego. Es una visión totalmente honesta y desinteresada, que no puede ser una función del ego. Si somos vigilantes, no podemos más «pensar” en el sentido peyorativo de la palabra. Eliminamos todos los funcionamientos del ego que nos separan de la realidad. Esta realidad viene a nosotros y nosotros tomamos conocimiento de ella directamente, por una comunión con todas nuestras facultades de percepción, con nuestra sensación, nuestro sentimiento y nuestro intelecto, de manera objetiva, impersonal, silenciosa. Si la vigilancia es activa, la mente deja lugar a «Buddhi», es decir, a la sabiduría, o verdadera inteligencia, que ve que tal acto debe ser cumplido, que tal decisión debe ser tomada. Es la necesidad misma de las circunstancias que te dicta la respuesta, que decide en tu lugar. Sin vigilancia, las pretendidas acciones no son más que reacciones y entonces, como lo dice Gurdjieff, el hombre no es más que una máquina.

Esta vigilancia no es realizable correctamente sino cuando tú puedes ser a la vez consciente del exterior, de la gente que te habla, de las situaciones existenciales en las cuales estás inserto y de lo que está pasando dentro de ti.

Debes mirar a la vez al exterior y a ti mismo, a fin de que ninguna de tus reacciones se te escape. Ese es el corazón del Camino, créeme, y todo el resto no es más que acotaciones destinadas a intensificar esta consciencia de sí y a disminuir el poder del sueño y de la identificación con las formas.

Esta verdadera presencia a ti mismo es lo que los monjes y los discípulos ejercitan de dos maneras: sea en la vida, sea en momentos particulares de recogimiento. Pero, no se trata de pasar doce horas en meditación para, una vez salido de ella, estar de nuevo completamente enajenado sin haber ganado nada. Esta meditación era falsa, no era sino una ilusión.

Tú tienes de hecho dos puntos de apoyo. El que puedes encontrar en ti mismo y el que encuentras fuera de ti. Estos dos puntos son utilizables y ambos se refuerzan. Algunos obtendrán la vigilancia apoyándose sobre todo en lo que pasa fuera de ellos y viviéndolo de manera muy consciente. Otros más bien se apoyan sobre la consciencia de sí propiamente dicha, tal como ella se afina y se profundiza en los momentos de meditación. En lo que concierne a esto último, la vigilancia es activa cuando estás consciente de
lo que pasa en tu pensamiento. Tú no estás absorbido en ellos, eres el testigo de tus pensamientos. Mira también tus emociones: aquí, una tristeza; allí, un temor, allá, una impaciencia. Eso significa que no eres arrastrado por ellas. Además, sé consciente de tu cuerpo: me duele un poco la espalda, tengo una cierta fatiga, siento náuseas, tengo los músculos del cuello tirantes, pero no estás identificado. Eres consciente a la vez de tu presencia física, emocional e intelectual. Las tres funciones o centros son puestos juntos bajo el mismo yugo.

Uno sin segundo: En el Evangelio de Santo Tomás se dice: «Hacer de dos, uno». En verdad, hay en esta frase algo eminentemente práctico. La grandeza de un Camino real es de hacer metafísica a cada instante de la vida. La vía no consiste en cumplir acciones admirables, sino en cumplir de manera admirable las acciones cotidianas.

La existencia ordinaria de un ser humano se desarrolla en la dualidad, como si viviera dos existencias a la vez. Heráclito, dijo: «Los hombres que duermen todavía, viven cada uno en un mundo diferente. Aquellos que han despertado, viven todos ellos en el mismo mundo». Y también: «Los que duermen todavía viven en dos mundos. Aquellos que han despertado viven en un solo mundo». Lo propio de la mente dualista, esa mente destinada a desaparecer, es crear un segundo mundo y de hacerte vivir en dos mundos a la vez. Si tú reúnes los dos en uno vivirás en un solo mundo, el mundo real.

Todas las enseñanzas pueden ser contenidas en esta sola frase: «Hacer de dos, uno», o sea, «Esto que es, aquí y ahora».

¿Dónde está la Realidad? ¿Dónde está el aquí y el ahora? La mente dualista inmediatamente te ha propuesto una masa viscosa, con contornos de miedos, ilusiones, temores, aprensiones, rencores, reproches, amarguras, prolongando sus raíces en un inconsciente que tú no has puesto al día ni has amaestrado. ¿Qué es lo que quieres «aceptar»? ¿A qué quieres «adherirte»? ¿A qué quieres decir «sí»? Tú no lo sabes. Mientras tanto, la emoción ha tenido tiempo de sobra para desplegarse, Si ves bien cómo trabaja ese mecanismo, comprenderás que te es posible hacer lo que la verdad te demande. Las enseñanzas existen sólo para atraer tu atención sobre la Verdad. Y ella te pide no crear un segundo mundo, no comparar lo que es con lo que no existe. Eso es todo. «Los seres que duermen todavía, viven en dos mundos al mismo tiempo. Aquellos que han despertado viven en un solo mundo, el real».

Es preciso escapar a la elaboración de la mente dualista. Este rigor del instante y esta convicción de nadidad de nuestras construcciones mentales pueden ser puestos en práctica. Si no, continuarás «pensando». Pensarás a menudo en las enseñanzas, pero no podrás realizar nada. El Camino no existe en ninguna otra parte que en el instante, y tú no tienes ningún otro punto de apoyo que el instante para poner los pies, dar un paso más, y todavía otro más.

Se trata de alcanzar la libertad, la espontaneidad, es decir, dejar caer el fardo de la existencia. ¿Cómo los esfuerzos por alcanzar resultados podrán conducirte más allá del ego, más allá de la dualidad, más allá del temor? Si haces esfuerzos por obtener resultados, permaneces en la limitación, en la causalidad, en la dualidad: esfuerzo que resulta, esfuerzo que no resulta; resultado que viene, resultado que no viene.

¿Qué es lo que se te pide? Únicamente, escapar a una ilusión, disolver una irrealidad: la fabricación de un segundo mundo a través de conceptos mentales. Es el único esfuerzo absolutamente puro y que puede conducirte derecho a la liberación. Todos los otros esfuerzos no pueden ser más que preparatorios, porque ellos hacen todavía intervenir una cierta tensión hacia el Fin a alcanzar o el Resultado a obtener.

¿Qué es lo que haces? Suprimes lo que, de todas maneras, no existe: este segundo mundo que no cesas de crear artificialmente. Es el esfuerzo justo que está siempre a tu disposición. Eres tú quien lo hará o tú quien no lo hará. Nadie puede hacerlo en lugar tuyo. ¿Quieres continuar afirmando de la mañana a la noche un mundo ilusorio e irreal, y exigir en seguida que el mundo real se conforme a él? ¿O abandonarás esa pretensión, de la que comprendes la nadidad, y volverás al mundo real?

Es a este gesto interior, a esta actitud tan simple, que los otros aspectos de las enseñanzas pueden ayudarte. Ellos toman su sentido y su valor en relación a este gesto. Mientras tú no hayas reconocido y admitido esto, las más bellas meditaciones no darán resultados. Al cabo de cinco, diez años,
te verás obligado a reconocer: “Yo no veo que haya cambiado realmente mi existencia». 0 si tú pataleas sin cambiar de lugar, al cabo de diez años podrás decir. «No veo que algo haya cambiado en el paisaje alrededor mío».

¿Qué es lo que hay aquí ahora? Una cierta fatiga. Bien, sin un segundo pensamiento. Una cierta emoción penosa. Reconoce la emoción en tanto que emoción, sin un segundo pensamiento. Eso es todo. En cuanto a saber si tu vida profesional está comprometida, si habrá o no problemas en la jornada que viene, todo esto no tiene ninguna realidad, es únicamente fruto de tu pensamiento: «pensar» en lugar de «ver».

Si tú comprendieras el sentido de estas dos frases: «uno sin segundo» y «aquí y ahora»… La enseñanza está ahí, a cada instante a tu disposición. Pero tu pensamiento te propondrá siempre salir de allí y tú recomenzarás a «pensar”.

«La comparación es una falsedad. Es un error comparar”. He aquí una verdad esencial en el Camino, pero difícil de captar lo suficientemente para poder ponerla siempre en práctica, Toda la existencia ordinaria a través del ego y de la mente está fundada sobre la comparación, y el sobrepasarlos es el abandono de la comparación.

Para que pueda haber comparación tiene que haber un punto de referencia. Fuera de las comparaciones prácticas, concretas, utilitarias, como precios y calidad de objetos materiales, toda otra comparación es imposible porque no hay denominador común. Entonces lo que es grave es la comparación de lo que, en verdad, no puede ser comparado. No hay denominador común porque cada fenómeno, cada advenimiento, cada objeto que viene a golpear uno o varios de nuestros sentidos es único y, por ello, incomparable. Si hay dos, los dos son diferentes, En el tiempo, cada situación es única, cada instante es único; y en el espacio, cada elemento de la realidad es único. El es expresión original en el aquí y el ahora de la Gran Realidad, fruto de innumerables cadenas de causas y efectos. Aquello no puede ser de otra manera que como es; no se reproducirá jamás, y es por esta unicidad que puedes encontrar en cada elemento del mundo relativo la puerta de acceso al Absoluto.

Cuando tú comprendas la inutilidad de toda comparación, serás liberado de este mecanismo trágico.

Arnaud Desjardins

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