Situación del Hombre – Jean Vaysse

publicado en: Cuarto Camino, Jean Vaysse | 0

12165680_207141812976313_822163144_nEl hecho primordial, del que derivan directa e indirectamente todas las dificultades, es que el hombre, tal como es de ordinario, esta prácticamente imposibilitado de ver su estado real. Aun si tiene en cierta medida este “deseo de ser” y esta “exigencia interior” de una vida de otra calidad distinta a la de su vida ordinaria, tiene muy pocos medios para reconocer los momentos privilegiados, los choques cuando, en un vislumbre de verdad accede por un instante a un estado de mejor presencia; y tiene igualmente muy pocos medios para distinguir, entre las diversas influencias que lo rodean y absorben su actividad, aquellas que responden realmente a esta exigencia interior. Reconocer lo que podría ayudarlo en este sentido requeriría de una actitud especial de sinceridad, libre de convenciones y reglas aprendidas, que le permitan ver, con toda “objetividad”, según su propia conciencia, lo que el es y lo que es el mundo que lo rodea. Una visión sincera de las cosas tal como son seria realmente la mejor oportunidad. Pero el hombre no es capaz. Todas las ideas que se ha hecho, toda la educación que ha recibido, todos los condicionamientos se oponen a ello. Arrastrado, además, por la vida y las demandas incesantes a las que esta le obliga a responder, se niega a ver que él es mecánico y esta dormido; no le queda tiempo para hacer un sitio a su demanda interior ni a su deseo de ser.

Un obstáculo de consideración encierra al hombre en esta situación: la convicción, solidamente anclada en él, de que posee efectivamente, tal como él es, una individualidad autentica con las cualidades fundamentales, tales como la presencia permanente y la libertad o la libre “escogencia” que están ligadas a ella y las facultades que de ella se derivan: un estado de consciencia, la capacidad de atención y la posibilidad de querer o hacer.

El hombre, en conjunto, se encuentra bien tal como es, piensa que sus insuficiencias y su eventual malestar provienen solamente de imperfecciones exteriores, y los cambios a efectuar, según él, se refieren solamente a modificaciones de equilibrio, la eliminación de ciertos defectos o el refuerzo de ciertas cualidades.

Aun si se le dice que el no posee nada de todo eso, ¿por qué lo creería? Y si es así, ¿por qué emprendería el duro trabajo sobre si señalado como necesario para alcanzar un estado que ya esta seguro de poseer? ¿Qué razones tendría para creer en los escritos o en las voces que le dicen que no es así; y que razones para verificar su situación, a riesgo de comprometerla, mientras las cosas van bien así?

A menos que tenga una consciencia interior especialmente viva, una exigencia interior que no transija y un deseo de ser el mismo que no se deje ahogar por nada, un hombre, mientras no haya sido golpeado y decepcionado por la vida hasta el punto de poner en tela de juicio su valor y su sentido, no tiene ninguna razón para emprender un estudio de esta índole.

Debido a esta creencia en una personalidad engañosa y a las condiciones anormales que esta creencia establece, el hombre es llevado a vivir en un olvido cada vez mas profundo de su ser, de su verdadero yo. Los indicios que revelan su impotencia para el recuerdo de sí, la impotencia de acordarse de lo que hay de más valioso en él, se manifiestan, sin embargo, de mil maneras; pero el hombre no las “ve” y no las “oye”. Su vida esta, sin embargo, llena de incidentes y contradicciones significativos: él no recuerda sus decisiones, no recuerda la palabra que se dio a sí mismo, ni, muchas veces, la que dio a otros; no recuerda lo que ha dicho o experimentado algunas horas o algunos días antes; inicia un trabajo y pronto ese trabajo lo aburre; ya no sabe porque lo había emprendido. Su interés cambia y se desplaza sin cesar; olvida como había pensado, cómo había hablado. Y estos fenómenos se producen con una frecuencia particular en todo cuanto concierne a el mismo y más especialmente, lo que tiene que ver con todo intento de trabajo sobre sí. Este “olvido de sí”, esta impotencia para recordar lo que es verdaderamente el mismo, es en realidad su rasgo más característico, y probablemente la causa verdadera de todo su comportamiento. Al no tener ninguna base fija en si mismo, sus teorías, opiniones, comportamientos cambian sin cesar y están desprovistos de toda estabilidad, de toda precisión. No es más que una estabilidad artificial la que el adquiere con la ayuda de asociaciones educadas en el, de hábitos establecidos y de condicionamientos en función de concepciones mentales, a su vez artificialmente creadas por el medio ambiente, tales como el “honor”, la “honestidad”, el “deber”, la “ley”, pero que no tienen ninguna relación, salvo por accidente, con lo que seria su verdadera honestidad, su verdadero honor, si el estuviera consciente de si.

Este olvido continuo de sí mismo y, como consecuencia de ello, la ausencia de algún punto fijo autentico en si, explica el comportamiento general del hombre hacia sí mismo y hacia los que le rodean: explica que este tomado, sabiéndolo o no, por todo cuanto esta a su alrededor, es decir, su constante “identificación” con lo que le atrae y la incesante imaginación a la que se entrega por cualquier motivo. De modo que el olvido de sí acarrea directamente la identificación y la imaginación que son otros dos rasgos característicos del hombre tal como es.

Con la identificación el hombre se olvida de sí mismo y se pierde en todos los problemas, pequeños o grandes, que encuentra en su camino. Su interés, su atención son tomados sucesivamente por cada uno de ellos, y él olvida completamente, detrás de eso, las metas verdaderas que se proponía. Apenas algo pasa y capta su interés, el se “identifica” con este algo, y por un momento -aunque solo fuera por un breve instante – pone todo en acción para ello, hasta que pase otra cosa que capte su atención y cambie de interés: se ocupa de esta otra cosa, y lo anterior es descartado o cae en el olvido. En definitiva, el hombre esta constantemente en estado de identificación con una cosa u otra: solo cambian los objetos sucesivos de esta identificación.

Jean Vaysse

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